Carta a K.Redgar

Carta para K.Redgar:

Sé que llego tarde y que no es culpa de correos, más profesionales de lo que socialmente podemos reconocer, caro como la manutención de la familia real. Sin embargo, siempre es mejor llegar.

Te escribo repleto de la melancolía que me caracteriza, rememorando.

Recuerdo el día en el que nos conocimos. No fue un día destacado por ninguna tragedia ni festividad pero ese día estuve a punto de perder un libro muy querido y tú te diste cuenta. No es fácil devolver objetos perdidos, no hace falta ser muy mala persona para tomar la decisión de quedarte algo que nadie va a reclamarte, sin embargo un lector sabe del valor de un libro perdido, sabe de la alegría de recuperarlo y es buen conocedor de ese vínculo, de esa red invisible que une a quienes han tenido la suerte de convertirse en lectores. Sí, he escrito suerte, pues no es fácil entrar en ese discreto mundo, como sabes. A veces hemos bromeado con ello, como en esa conversación que tuvimos después de que salieras de la cervecería y volviéramos a entrar enseguida para tomarnos otra ronda; qué menos que invitarte a una copa para compensarte la carrera que hiciste para devolverme Amuleto. Suerte tuve. Más aún por el hecho que estaba solo en Toledo, sin rumbo fijo ni conocimiento alguno del terreno. Es más, se podría decir que solo tenía mi libro y doce horas por gastar hasta el siguiente autobús nacional. Allí fue donde me contaste todo aquello. Qué misterio tan fascinante. De hecho, ya habrás adivinado el motivo por el cual te escribo esa carta. ¿Llevas la cuenta, no? Quizá no salga bien, pero somos de los que no se rinden, de los que lo intentan todo, de los que siguen contra viento y marea, ¿cómo sino nos habríamos juntado un grupo de escritores tan peculiar para una tarea literaria como ésta? Sabemos lo que sabemos, somos como nos hemos descrito en nuestro libro propio que es la narrativa de nuestra vida y por ello, vivimos en el misterio de la siguiente página pero con la sabiduría de un buen lector. Recuerdo ese juego que me comentaste acerca de la cerveza y la adivina ¿Te acuerdas? Tan solo habíamos tomado tres rondas. Se puede leer el futuro en cualquier sitio. Los antiguos adivinos lo hacían en las entrañas de las piezas cazadas fueran las que fueran, luego seguían leyendo en sus huesos bien pelados pero todo quedó atrás cuando nació el tarot y ahora… ahora se lee hasta en el poso de café. ¿Sabías que la reina Isabel de Inglaterra le predecían el futuro a través de unos cuervos que sobrevuelan la torre de Londres? Lo que aún no me habían contado es que en la espuma de una buena cerveza rubia se puede leer los designios de lo que escribirás! ¡Literatura de bar! Quería decirte que conservo la servilleta de papel con tus predicciones pero tuve también el cuidado de transcribirla en mi libreta personal. Además, te hago saber que he practicado ese arte y aquí te comparto mi predicción respecto a tu escritura sacada de una jarra de refrescante ipa extralopulada:

Gunard había despertado, esta vez sin arrepentimiento, ahora, sin ser ni víctima ni verdugo. Veía la piel de su cara bronceada y sin cicatrices, sus ojos resguardados tras unas gafas de sol de marca que ya no ocultaban ojeras de panda y parecía que ya no pertenecía al mundo de la pesadilla. Una montaña de chapas le hacían sentir en paz, una piscina llena de agua y ésta ocupada por peces espada le hacían sentir una extraña seguridad. Un reflejo llama su atención en la piscina. Un pez espada arrastra en su arma un empalado exjefe de oficina. Gunard respira profundamente y nada apesta, es más, el aire es fresco como ya hacía tiempo había olvidado y nace un nuevo día, un verdadero nuevo día donde todo está por hacer, por escribir, una salida de la angustia inesperada se ha dibujado en la vida de Gunard.

Ya me dirás qué te pareció, reconozco que para mí, encaja, encaja fuera de todo sentido comprensible. Verás, me salió el 6 en los dados pero la pregunta de verdad es si se trataba de un dado de 6, de 10 o de 20. ¿Mantienes la cuenta? Ahora ya no bebo apenas, creo que he perdido ese espíritu bohemio con el que me disfrazaba y ahora voy con mi cara de soñador a medio deprimir, sincera, arrastrando angustia pero manteniendo ese brillo en los ojos, ese brillo que suelen tener hasta la muerte los lectores, pues hemos visto y vivido algo tan asombroso que ya nada puede matarnos la esperanza, el abismo nos ha devuelto la mirada y seguimos adelante, evitando la ceguera. Yo, reconozco, apesadumbrado, que he perdido la cuenta; es más, me temo que jamás la llevé, pero aquí sigo y ya es mucho ¿no? Es por eso, por esas ganas de continuar escribiendo, compartiendo, cervezas, lecturas, compañía… por eso. Por eso te regalé mi Amuleto, el que en su momento protegió a todos los poetas de México y hoy su manto protector nos acoge a todos, ya estemos aguantando lluvia en las calles, ansiedad en la cama, broncas en el trabajo o el impostor en la cabeza. Espero que con toda esta cháchara, al menos, hayan quedado claras dos cosas, la primera, la más obvia, mi dispersión cual aspersor de palabras regando sin ton ni son. Y dos: La sincera gratitud y hermandad por estar, escribir y compartir.

PD: hay otra carta privada en tu buzón, ignora las manchas de sangre del sobre.

PD de la PD: ¿Nos veremos en la cena de hermandad mediterránea?

PD de la PD de la PD: Felices fiestas.

Ft: ॐduart.

Testimonio recogido de Arancha:

Carta a K.Redgar

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