14 cajas sin cierre

¡Feliz sant jordi! ¡feliz día del libro!

Es un gran placer anunciar el lanzamiento de esta antología de la que formo parte, y más lograr que coincida con estas fechas de rosas y poemas.

14 cajas sin cierre es un conjunto de relatos de corte misterio/terror en la que participé en calidad de organizador(con el gran apoyo de Román Sanz Mouta) y escritor.
¿Queréis escuchar cómo suena su prólogo?

 

 

¿Y verlo?

La hicimos de forma colaborativa, sin apoyo alguno de editoriales  ni organización de ningún tipo más que la nuestra propia de autores independientes. En ella encontraréis 14 relatos de gran variedad entre ellos tanto en estructura como en temática a pesar de mantenerse en el género. La portada la hizo nuestro querido escritor  Cecilio Gamaza (La maldición de Kafka), captando perfectamente la esencia de la antología. Daniel Hermosel se encargó de la maquetación final y la corrección corre de la mano de todos, con mención especial de Sevenfor.
Mi relato se titula Héli Sun, y trata el viaje que da su protagonista, una domadora de animales cirquense hasta vencer y romper por completo con su terrible pasado. Un relato juvenil de camino a adulto, de aventuras, misterio y terror, protagonizado por una valiente mujer luchadora y sus inseparables amigos y extraños animales.
También escribí el prólogo: Un preludio chamánico donde aúno la “leche” de cada relato con los que formamos la galaxia que es 14 cajas sin cierre.
Solo queda decir que hay mucha calidad en ella y tiene relatos para todo tipo de lectores, os aseguro que al menos os enamoraréis de la mitad de relatos sean como sean tus gustos personales. Anímate y descarga ahora mismo este gran trabajo en el que pusimos mucho esfuerzo e ilusión (y sangre, mucha sangre).

Podéis haceros con ella al precio de cero euros en Lektu: https://lektu.com/l/daniel-hermosel/14-cajas-sin-cierre/11103

Y podéis comprarla en formato físico y digital en amazon: https://www.amazon.es/dp/B07QXHL589/ref=cm_sw_r_tw_dp_U_x_0bEVCbSWRDVCC

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Portada de Cecilio Gamaza
14 cajas sin cierre

Los 52 golpes de Ray Bradbury

Queridas lectoras (todas y cada una de esas maravillosas personas), es un placer anunciar mi ingreso en un selecto reto llamado los 52 golpes, en el que he sido cordialmente aceptado. Dicha prueba de habilidad escritora consiste en escribir un relato/poema setmanal, para ello cada semana tienes la opción de escribir uno (y solo uno) en esa semana, obligando a que cumplas o fracases dejando esa semana en blanco.
¡Me encanta! Que mejor forma de mejorar que aumentando un poco la presión ¿no?

Ray bradbury afirmó que si escribías un relato a la semana era imposible que no lograras unos cuantos relatos buenos al terminar el año. Espero que tenga razón y me salgan algunos relatos bien emocionantes.

Aquí os dejo el enlace a mi perfil:

https://los52golpes.com/2019/autor/omduart

Espero salir de esta con vida y 52 relatos más experimentado. También sería maravilloso alegrar, entristecer, hacer pensar, recordar o olvidar penas a más de un lector con cada relato… Arrancar sentimientos. Quiero dedicar este reto a mi mentor Ricard de la Casa, quien me dio las primeras clases de escritura creativa y me animó a hacerme escritor. Él fue el primero en hablarme de Ray Bradbury y de me puso a mis novatas manos el libro: El zen en la escritura del bueno de Ray, donde daba consejos de como escribir y sobrevivir a ello. Maravilloso verme ahora, después de unos cuantos años, animado y persiguiendo la meta infinita… Gràcies, Ricard. Y no quiero olvidar a mis compañeros y amigos escritores que me hablaron del reto. Román Sanz, Cecilio Gamaza, Artguim y Daniel Turambar, todos dignos vencedores del reto 52 golpes 2018 quienes podéis leer dando click en sus nombres.

No sé hasta que punto puedo estar demasiado ocupado como para mantener mi rigurosa puntualidad de una entrada setmanal (todos los jueves a las 16.00 horas) como llevo haciendo (creédme que con gran orgullo, pues me cuesta esfuerzos ser constante y puntual a la misma vez) hasta ahora.  Puede que posteé poemas cortos, fotografías o pequeñas reflexiones. Puede que dedique todos mis esfuerzos al reto Bradbury.

Quiero terminar hablando de una experiencia personal que viví hace poco.
Alquilé una habitación donde vivir en Copenhaguen, y estuve hablando con la arrendataria de la misma pocos días antes de que se fuera de vacaciones. Después de relatarnos mutuamente nuestras aventuras por el mundo, ella concluyó con la siguiente frase: Is not easy be a human.

Tiene razón… Por eso cometemos tantas atrocidades y nos hacemos tanto daño… No es nada fácil, pero seguiremos insistiendo.

Los 52 golpes de Ray Bradbury

La surfera de Higuer

Desde que tengo memoria, solo me di permiso para llorar una única vez; tuvo que morir mi padre para plantearme tal cosa. Hay un día en el calendario donde contribuyo al ensanchamiento de mi querida y respetada mar. Esa concreta mañana tomo suelo para contemplar el oleaje bajo la sombra del faro. Era un lugar tranquilo antes de 1980, cuando aún no había el camping, pero sigue siendo el lugar donde nos conocimos Harper y yo.

Qué no hubiera dado por vivir la eternidad con ella…Mi vieja amada Elene…
Qué caprichoso el destino que todo te lo da y te lo quita a su antojo.

Elene era mi nave, me adentraba en las aguas cántabras en el amanecer para volver a media tarde con los peces que alimentaban a este pescador solitario que soy.
Cuando me embarqué el día que conocí a Harper sentí algo en el viento, tan suave como la seda, incluso la humedad que siempre castiga la piel del marinero, en esa mañana de final de septiembre, era dulce y amable. Salieron menos barcos, y presentí que no se trataba de un laborable más. Unas pocas tristes gambas, y algunos peces diminutos que preferí liberar fueron las presas de mi red. En mi regreso a la costa la marea convulsionó. Juro que sentí un violento temblor como si una enorme bestia marina despertase de un profundo letargo. El cielo se llenó de nubes y las olas se agitaron tan terriblemente que ni el hombre más valiente habría permanecido sereno. Elene se tambaleaba como una hoja en otoño y sucumbí. No soy capaz a día de hoy de recordar cuándo y cómo me devoró la marea

Recuerdo el tacto de la arena en mi piel, antaño tan tersa; unos instantes antes de coger aire de nuevo me caían gotas de agua desde su pelo a mi cara. Dos borrosos rostros que eran uno golpeando mi pecho desmadejado. Y después mis pulmones desahogándose, los tapones de agua que llevaba en las orejas deshaciéndose y pude oír como reía de alegría. You’re alive! Gritaba levantando los brazos. Mamala bless you! Y otras frases que no recuerdo. Me sentí afortunado; nadie suele pescarte de la boca del lobo cuando ya te ha tragado. Gracias, gracias.
Mi inglés era ridículo, y su español se reducía a un “hola, amigo, viva el surf”, que acompañaba agitando su mano; esa frase la aprendía a decir en el idioma del país donde se encontrase. Era morena, baja y australiana. Vivía de los premios que ganaba y las apuestas que hacía. Premios en competiciones de surf, concursos de apnea, tiempo encima la tabla y su mayor fuente de ingresos; las apuestas de bebedores. Recuerdo perfectamente el día que la vi surfear desnuda, como una Kapua decía ella, proud to be free; se interpuso entre el sol y mis ojos convirtiéndola en sombra el instante suficiente para hacerle una fotografía mental que jamás olvidaré.

A Elene se la llevó la mar y yo solo sabía ser pescador; y empecé a usar una caña para trabajar en la orilla. Los vecinos no tardaron en enterarse de mi desdicha y muchos fueron los que decidieron echarme una mano. Uno me traía comida a casa, otra me ofrecía compañía mientras pescaba, alguno me daba dinero, la camarera de la taberna me invitaba a beber…
Es casi insoportable admitir que vivía mejor que nunca. Sobre todo gracias a ella, mi Kapua, que me llenaba de alegría verla bailar en con el mar sin tregua. Bebimos cientos de horas juntos, calentando nuestras mojadas manos en una hoguera improvisada en la playa. Me contó montones de historias. No entendía todo lo que decía, pero sí comprendí muy bien su espíritu viajero indomable como el océano. Llevaba tatuajes, que en aquellos tiempos no eran ni tan comunes ni tan populares. Los chicos iban detrás de ella y a veces alguno lograba gustarle para surfear de día y dormir juntos de noche, pero nunca conocí a ninguno de estos surferos, pues en pocos días desaparecían, y ella invitaba a copas la noche siguiente. Un día le pregunté sobre eso; dijo algo como que estaba maldita, que no podía tener una relación con nadie demasiado tiempo, e intentaba ser buena con la gente pasándolo lo mejor posible. Euskadi moldea los huesos con esa actitud, pensé yo. No somos fríos, somos fuertes y bondadosos por naturaleza, y quien no se dé por enterado que busque otro lugar donde beber.

La que fue nuestra última noche en la playa me cogió la mano y me sonrió: estás hecho de olas, me dijo pausadamente en correcto español, y me rompí en pedazos. Harper, you are the queen of the ocean, le respondí, y se rio hasta caer de espaldas. Dijo algo así como: I’m only a surfer, my feet on my board. Quizá usase otras palabras.

Pensé más de una vez que esto era el inicio de una relación de amor como nunca tuve. Pero no fue así. Cogió su tabla y se fue con viento fresco a otro puerto, con la primera marea, con la mejor ola, y me quedé en el pie del faro con mi caña, como estoy ahora mismo. Los años pasaron más despacio tras su partida. El camping empezó a construirse alrededor de mí, y no tardé mucho en convertirme en un contador de historias. Parte del paisaje, esta llovida y vetusta tierra, piedra que forjó la rudeza de nuestros ancestros.

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¿Qué? ¿No os gusta el final? La verdad es que no se fue con viento fresco, sino suave como la seda, de humedad dulce y amable; y ella no pudo mantener sus pies en la tabla, ni la tabla encima de las olas… No me preguntéis cómo lo sé.

Un día como hoy me doy permiso para llorar, el mar te da y te quita; qué más podemos hacer que ser buenos y pasarlo lo mejor posible.

La surfera de Higuer

Fran, prisas rutinas y estrés

Relato corto reescrito con la calidad literaria actualmente alcanzada (5 nov 2018).
Aprovechando la reescritura, decidí darle voz como ya acostumbro. Me envalentoné un poco, y le puse música e incluso efectos que yo mismo grabé y edité. Disfruten del experimento.

 

Fran salió de casa como hace siempre a las 9.30 de la mañana tras medio café. Hoy durmió cinco minutos más de lo que tiene previsto, por lo que tuvo que compensarlo tomando el café en cinco minutos en lugar de los diez asignados para dicha acción. Cuando cerró la puerta tras él sonó su teléfono móvil. Lo oía raro, como si estuviera lejos, cosa imposible porque siempre se guarda el teléfono en el bolsillo superior de su chaqueta. Alcanzó con su mano el bolsillo y sintió el horror de no tener su más básica herramienta. Alguna clase de mal le oprimió el estómago y éste los pulmones, provocando un instante de ahogo. Tras una violenta bocanada de aire Fran se dispuso a pensar.
La canción caribeña seguía sonando y Fran dedujo que venía de su casa. Se puso la mano al bolsillo izquierdo del pantalón para sacar las llaves que siempre dejaba allí. El corazón de Fran se aceleró como un tren de largas distancias al no sentir sus llaves en su sitio. La sangre de Fran circulaba tan rápido que toda su piel enrojeció. Unos leves tembleques le quitaron buen pulso a sus manos.
Examinando la situación, Fran vio el móvil y las llaves al lado de su media taza de café, a través del a ventana en la parte superior de la puerta.

¿El no terminar el café me descolocó? Se preguntaba, apretando con todas sus fuerzas la mano derecha. De un salto y un decidido puñetazo rompió el vidrio. El golpe le recreó un futuro próximo en la cabeza. Sintió recibir el puñetazo de su jefe en toda la cara por haber llegado tarde por primera vez en diez años. Algo imperdonable, inimaginable incluso.

El brazo no le alcanzaba a la manija para abrir la puerta pero si llegó al paragüero. Con el paraguas más largo en la mano intentaba abrir la puerta. En vano, pues el ángulo le impedía tener la fuerza, y la vista para lograrlo. Disgustado y herido, Fran empezó a respirar llenando sus pulmones al máximo. Recuperó su apacible serenidad y con ella volvió a intentar abrir la puerta. Sudando por frente, manos, pecho, espalda y axilas, logró alcanzar la manija. Estando a medio abrir, volvió a sonar el móvil. Los nervios traicionaron a Fran resbalándose el paragüas entre sus manos sudorosas y ensangrentadas.

Perdió el control de sí mismo, Fran golpeaba la puerta de su casa cual minero buscando oro. Saltaban astillas y gotas de sangre. En un arrebato final, se dispuso a echar la puerta abajo con la embestida de su vida. Cogió carrerilla y se lanzó como un ariete policial contra la puerta.
Fran se desmoronó encima de la puerta derrumbada. Se quedo unos minutos en ella, contemplativo, calmado de nuevo. Que dulces aquellos segundos de plenitud, de comunión con el océano infinito de consciencia y…
El Caribe volvió a sonar Y FRAN se sobresaltó, pero la sensación fue más parecida a un salto al vacío.

—Si si hola hola, soy Fran, perdón por la tardía estoy teniendo algunos problemas domésticos y…— la voz del otro lado cortó las disculpas de Fran.

—Tranquilo Fran, tranquilo, soy Pablo, el secretario de la presidenta, verás espero que aún no hayas salido porque hoy tenemos que cerrar la empresa por unos daños en la infraestructura del edificio, así que no hará falta que vengas a trabajar en unos días, te avisaremos cuando todo vuelva a su sitio.

Fran tiró el teléfono móvil por la ventana. Terminó su café. Regresó a la cama.

Fran, prisas rutinas y estrés

Por un cigarrillo

Qué no haría por un cigarrillo. Aunque fuera de tabaco negro y sin filtro. Hace años que no soy vaquero, siglos que pido dinero. A veces los niños me miran entre llantos, miedo y extrañeza. ¿Por qué no hay nadie alegre por estos lares?
Me dieron unas flores, una mujer extraña que jamás había visto. Mi desesperación me llevó a intentar fumarlas. Mi mechero no tiene chispa; se trata de un viejo mechero que aún huele a gasolina, desde la última vez que no recuerdo cuándo fue que lo rellené. Sin embargo, esas flores adornaron mi un tiempo mi manto.
Puede que llueva y no valga la pena seguir aquí sentado, pero tampoco sabría a dónde ir.
El suelo será fango al poco rato, se avecinan oscuras nubes. Ojala tuviera un cigarrillo.
Me extraña el pasar del tiempo, me siento como un infante, viviendo entre descubrimiento y asombro, instante a instante. Me he quedado observando incontables veces estas losas de piedra desgastada. ¿Cuánto deja algo de ser lo que és? Todo cambia, claro, pero cuando le damos un nombre parece que no pueda perderlo nunca más.

Ha vuelto y parece más contento de lo habitual. Él es mi amigo cantarín. Si hay alguien que me quita la ansiedad de fumar es mi amigo barbudo con su pala en el hombro y una canción en el corazón. ¡Está muy feliz! Incluso canta la letra en vez de el clásico tarareo.
Es especialmente emocionante verlo trabajar, a veces incluso canta en francés mientras cava.
Imagino que será jardinero; está todo lleno de árboles y flores; a pesar de ello no haya alegría más allá del espíritu imbatible de mi buen amigo. Digo que es mi amigo, reflexiono sobre esto cuando estoy solo, y claro, sí me ofrece su compañía, pero hablar… no hablamos; ni siquiera se encontraron nuestras miradas. Le pedí tabaco en muchas ocasiones en las que pasó cerca de mí y nada, como si estuviera en mitad del desierto de México, desamparado, sólo, invisible.
La mujer misteriosa me trajo flores de nuevo. Sus ojos vidriosos estaban entrecerrados por unas horribles arrugas que no tenía la última vez. Clava su mirada en mí cuando me da las flores, se queda ahí, intenta erguir su espalda entre gemidos de dolor, pero no habla, no me escucha ni tampoco contesta. Adelgazó mucho, su vestido oscuro le hace bolsa y tiene las caderas marcadas en él. Vi su cabellera cuando se marchaba y me dio mucha pena su pérdida de color, de vida.

Se marchitaron las flores y el jubiloso jardinero ya no viene. Hay otro hombre con pala al hombro y un serio y pálido rostro que pasea por aquí. Es joven y marca su desgana y aborrecimiento en un pausado caminar. No me ve, no canta ni fuma. He perdido todo mi interés por su figura.
Vino mucha gente vestida de negro y se reunieron al lado de mí. La mujer de las flores no está ¿por qué? Qué no haría por un cigarrillo, qué no daría…

Por un cigarrillo

Viaje más allá de México

El primer sonido marca el inicio de la canción, y a pesar de la confusión todo es claro; la aceptación más absoluta reina en el carnaval. El carnaval que no acabó. El camino de la cabalgata se retorció inevitablemente. Una esquina correcta fuera del plano la condujo más allá de la frontera de México. La música desaparece cuando el aire pesa tanto como el agua. Y todas intuían el cambio. El cruce, la boca de la calavera divina. El pretérito pasó a un presente continuo muy bien acompañado. Algunos labios se torcieron hacia arriba y otros hacia abajo y algunos menos se dividieron de indecisión ¿Sabes dónde estás? El movimiento parió al tiempo, pero no aquí. Sabemos que no estamos solos porque nunca fuimos otros para acompañarnos. Toda la lupa del detective enfocó al universo. Lo alcanzó de lleno. Y no era más qué una única mota de polvo sin luz ni color.
Vinimos caminando. Bailando, mejor dicho; buscando algo que pertenece a la conciencia oculta. Y así se abría la garganta, pero no era aquí. Y un montón de desierto tan infinito como un paso más entre la caliente arena se expandió hasta el horizonte. La música prendió de nuevo el día, pero ya no era la misma. Una burbuja había estallado, otra acababa de nacer. El histriónico sonido primigenio rebotaba incesante e infinito entre la cúpula y la arena, entre las mujeres y los hombres y las calaveras. Soplaba guadañas y rasgaba pintalabios. Ventó cráneos, uno tras otro. Seguimos, firmes, convencidos. Los gaznates no sentían sequedad y los ríos abundaban en las venas. ¡Qué pies más negros! En una tez tan india… Descubrimos el viaje entre huesos. Lo reconocimos.

La emoción nos embarga, nos empuja y nuestra respiración es como el lago de Pátzcuaro; Vacíos y prendidos, velas elevando globos, vendas ardiendo.
El coyote se muestra en su apariencia animal. Te seguimos.
Cada paso es pegajoso, nos separa, y el convoy constituye uno. Milenios o segundos hace que el sol se fue, sus rayos persisten; a la voluntad se le resta todo miedo. Un paso más, el mineral donde todo se apoya quiere su parte; lo obtiene, fragmentos de justo precio de nuestros pies son para ellos, el gran desierto. Cristales gigantes señalan a nuestro guía la puerta, aquella que no atravesó jamás. Él nunca morirá y su forma de moverse no es alterable, su energía es consciencia infinita; precisa e imprescindiblemente sin fin. Un exquisito trance vibratorio. Quién marca el paso y el camino remueve el suelo con su hocico. Sabe quién es y sabe hacia dónde nos lleva, donde me lleva. Una frontera demasiado alta, y por eso nos entierra.
Nuestras manos son palas y nuestros dedos de los pies gusanos largos, blancos y valientes. Lluvia tuneladora abre el camino. Abajo y abajo hasta caer de las alturas.
El olor salino marino está en la tierra humedeciéndose. La oscuridad es plena. Y el viaje continúa. Ahora ya entendemos la carabana. Revertimos nuestra piel, observamos el adentro. Es un ahora verdadero y tan palpable como entonces fue el instinto.
Ya lo vemos. La siento. Es ella. Dios mío… ¡ES ELLA! ¡ÉS!

Llegamos al océano. Tembloroso. Creedme que no sabe a pollo. Aún no nos ha tragado, pero podemos sentir su no-calor con una claridad tan perfecta como el movimiento de los astros en el espacio. Ya no huele a salina, no hay partícula. Nada que partir, NADA se puede tocar, pero su tacto nos pertenece como los conductos sanguíneos debajo de la piel, o el grueso latido vital. Ya solo el abandono y rendición puede terminar el viaje. Nos arrastra, nos atrae, demostrando el infinito poder verdadero… Eléctrico. Sí, son ellos. Los mismos labios. Nos engullen; ya somos lo que debemos ser para poder volver a quebrar, entrañar y nombrar. No hay más frases, no hay más México ni flautas ni serpientes. Las nubes con forma de setas y cactus se difuminaron en la atmósfera. Nos tragó; como mezcal del mejor. Devoró nuestra experiencia y finalizó con el movimiento de la existencia misma.

El primer sonido marca el inicio de la canción…

Viaje más allá de México

El gato Mis

relato corto multimedia escrito en un principio como hilo en twitter. Disfruten del grotesco misterio del gato Mis.

 

Le contaron que tenía esposa, que su gato no podía habérsela comido. Siendo este tan tierno, jugando y deshaciendo un ovillo, estirando hilo. Hilo que debía seguir la agente Gala, desde el otro extremo.

ovillo-de-lana y gato

El gato no necesitaba nombre. Sin embargo la esposa de Hang, es decir, Mirian, lo llamaba Mis. Y Hang no pudo acordarse nunca, y siempre fue solo gato, o maldito gato.
La detective Gala describe en una grabadora toda la escena.

 

La modernidad no alcanzó a Gala ni tampoco al pecoso Hang, quien no recordaba donde estaba su esposa, ni el mando de la televisión, ni su gorra favorita, ni tampoco su bastón con el cabezal de marfil. Sus lagunas mentales eran extensas como la estepa mongola y con la misma cantidad de nada y todo.

Hang solo tenía tres cotidianas acciones: Abrir la puerta cuando suena el timbre, encender la radio al despertar y recoger el diario entregado en su felpudo. Todo lo demás podía o no hacerse.

Decir queda que el viejecito no tenía credibilidad alguna en el vecindario. No solía usar pantalones, olvidaba las llaves del hogar, y a veces parecía que el gato cuidaba de él más que él del animal, o de la casa, o su higiene personal.

—Sentémonos, Hang. Estoy aquí por la llamada de un vecino que dice haber oído gritos y visto sangre en su jardín. ¿Qué…

—Fue el gato, es el demonio, se lo juro señorita. No se lo puede imaginar oiga. Tiene toda una secta de gatos, hace sacrificios, lo he visto. Le dije a mi mujer que era el demonio y ella quiso cuidarlo de todas formas. Yo siempre me negué. Tiene una voz muy extraña, Señorita.
—Esta bien, cálmese, ¿Cómo cree que pudo ocurrir esto?
—¿Cómo dice? No parece usted una mujer. ¿Cómo dijo que se llamaba?

—Soy la agente Gala. Verá Hang, debo decirle que por ahora es usted el sospechoso principal. Y vendrá conmigo a comisaría.

Unos extraños maullidos provienen del jardín. Atrayentes, graves como los de un gato viejo. Gala decide ir describiendo lo que ve:

—Hola señor, somos los agentes Salvador y Dana, investigamos la desaparición de nuestro compañero….

—Compañera, Salvador, nuestra compañera Gala y… ¿Se encuentra bien?

La conversación murió cuando los agentes fueron conscientes de lo que tenían delante. Salvador empezó a vomitar en la fachada. Dana, con mejor estómago para las impresiones fuertes, analizó a el hombre mayor.

Hang llevaba un traje masoquista abierto por delante, mostrando su vello canoso en el pecho y más abajo su flácido y magullado pene. Una mordaza fetichista le tapaba la boca, el pelo rapado dejaba ver varias cicatrices en el cráneo y muchos arañazos en su cara arrugada…

En su expresión facial no quedaba nada de humanidad.

El gato se iba discretamente al jardín…

El gato Mis