Una visión amable de…

A veces hay que hacer lo contrario de lo que parece obvio. A veces esconderse es dar vida y libertad. A veces (no muchas), restringir es permitir. Oigo los pájaros cantar.

«Se acerca la primavera, el camino está cerrado, la montaña abierta, vamos, dejad el frío y la libertad fuera».
Fragmento de: El rey comparte su mesa.

¿Oís? ¡Son verdealas! Hace seis meses decían que se habían extinguido.
Qué maravilla. Solo llevamos tres días y ya se puede escuchar el aire fresco. Todas esas criaturas escondidas durante todo el año extendiéndose.
Qué maravilla. Incluso el sol parece celebrarlo.
El rey se esconde, hoy no es su día, sabe que le toca compartir lo conquistado que a fin de cuentas, nunca jamás puede reclamarse para sí mismo. No para siempre.
La primavera llegó, anunciada por aguas, pájaros y nuestro granito de arena, palabras, expresión del fenómeno poético desde la humildad y los constantes fracasos.
¿Oís? Son raíces expandiéndose bajo el subsuelo.
Qué maravilla. Observad por la ventana, el verde creciendo, el fulgor de la naturaleza, tan fuerte tan viva y atenta.
A resguardo de nosotros mismos aguardamos nuestro momento.
Qué maravilla, el firmamento sigue ahí, sin caernos encima.
¿Lo oís? El rey ya terminó, pero sigue mandando limpiar su fusil, el confinamiento no es ley para un hombre elegido por Dios y pagado por el pueblo.
Hay vino, y poco sueño. En pijama sudado vamos a calentarnos café y con la misma pasividad nos quedamos leyendo sentados en la taza del váter hasta que los pies emblanquecen y tenemos que levantarnos de rodillas.
Las sociedades modernas quieren llamar a esto el gran C. Pero eso no hace justicia primaveral. No se puede escribir más de una narrativa sustentada durante EG Confinamiento.
¿Lo oís? Es la tenue voz que nunca muere. Esa que recita poemas PERFECTOS, que habla de el Gran E.
Qué maravilla es estar unidos, permanecer en paz unos segundos más, observando la vida renacer de el vehículo de la muerte, de la maquinaria del nacimiento. ¡Mirad esa estrella! Guía una noche equilibrada, protegida, ya queda poco para salir, para ver reinar el gran equilibrio que nos cobija.

Una visión amable de…

El refugio del Dharma

Mochilas, bolsas de dormir, mate, bota, cerveza, vino y carne. Piernas, alegría, amigos, la montaña y el paraíso acostado en ella.

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Las estrellas y la luna iluminaban nuestros felices pasos acercándonos al refugio.

Un colorido camino, serpenteante, boscoso, lleno de piedras de miríadas tamaños. Monolitos construidos por nuestros antecesores montañeses adornaban (a la vez que ejercían su sentido, la mejoría de la “evolución” de las piedras) la ya muy bella montaña, el hermoso sendero.

Cruzamos un puente con un árbol caído en medio de él. La ilusión, la energía de la montaña y su maravilloso aire soplaba fuerte las velas de nuestro barco. Tan fuerte, que sólo parábamos a mear y beber agua; nunca más de dos minutos.

El tramo final era un claro, como la noche.

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Símbolo del Dharma (la rueda del Dharma)

La luz de las estrellas rebotaba en la nieve; nieve, que allí mismo empezábamos a pisar, nieve costra, resbaladiza, dura pero penetrable. Como escaladores, clavábamos el pie en ella.

Una sombra tapaba unos cuantos árboles. Nuestro destino, el refugio de Coma Obaga, ya estaba al alcance de nuestra vista.

Entramos los cuatro; Diego, nuestro asador, guía, portador de ánimo y alegría; Borja man, portador de hierbas de buen fumar, risas y energías para dar y tomar; Ro, la hermosa, quien daba equilibrio sexual al grupo, buena onda y más y más risas; y yo, humilde poeta llevador de vino, mate y rimas. ¡Maravillosa compañía!

A oscuras dejamos las cosas. Salimos al instante siguiente a admirar el cielo y el valle. ¡Qué hermosura!

Manjares para el alma apreciar todo aquello…

Tras llenar llenarnos de estrellas, luna y montaña, quisimos llenar la panza.

Cortamos troncos con una vieja pero afilada sierra. Recogimos ramas y juntamos papel, paquetes vacíos de tabaco y hojas secas.

Nuestro asador se puso manos al fuego, sabiendo que no iba a quemarse.

El fuego ardía bien, pero las brasas se hacían esperar. Así que, con el Indio nos pusimos a cantar (los redondos) y bailar. Reímos mucho. El vino y la cerveza bajaban rápido.

Un tenso momento fue aquel donde el fuego peligraba, amenazaba con extinguirse.

Entre soplos y cantos lo hicimos resurgir.

¡Arde fuego, arde!

Arde sin parar,

arde y hazte grande, arde, arde, arde.

Arde fuego arde,

arde y hazte grande,

¡Arde fuego arde y ásanos la carne!

Canción ritual improvisada

El fuego creció, calentando nuestros huesos.

Comimos fuet con pan. Cebollines, pepinillos y zanahoria en vinagre; con eso matábamos el hambre mientras nacían las brasas que nos iban ha asar la carne.

En ese momento yo, vuestro humilde escritor, se mareó. Exceso de mezcla… Todo se vuelve borroso…

Apenas podía andar. Me tumbé un rato. Sin mejora.

Salí y me senté a mirar el cielo. Ro me prestó unos prismas con los que vi los cráteres de la luna.

Eso me animó, sin llegar a reanimarme.

El estómago revuelto quería exprimir el veneno de sí.

Me aleje un poco y arrojé todo esa dañina bilis.

La barriga dejó de quejarse, y el mareo se calmó bastante.

A pesar de eso, no pude recuperarme del todo, no como para seguir despierto.

Abrí mi bolsa, me metí dentro y mañana será otro día.

Espectacular amanecer. Rosado, verde y amarillo contrastando con el azul claro y lindo del cielo…

Solo Borja y yo teníamos que ir al trabajo, en la estación de esquí. “Ordy-Arkalaska”. Compartimos un café soluble en agua fría y galletas. Respiramos un poco de aire fresco. Buscamos un lindo árbol (cada uno por su lado), donde plantar un pino, liberándonos de todo lastre.

Listos y con la mochila a cuestas, empezamos el descenso. Felices disfrutábamos de todo el entorno. Pasando por el lado del río, marcando piedras en el camino para los próximos que lo anden.

Construimos un monolito, como buenos caminantes.

Llegamos al coche, victoriosos.

Eran las 8.30, empezaba nuestra jornada laboral. Llegamos tarde, sí, pero poco o nada importaba, hicimos lo que queríamos hacer, elegimos la vida. Llegamos al trabajo, asumiendo encantados la responsabilidad.

Un día y una noche en el camino del Dharma, como vagabundos amantes de la vida, el andar, la montaña y el infinito firmamento.

(Historia real poetizada)

OmDuart-Eduard Balcells

El refugio del Dharma