La piedra

La piedra en el camino no es siempre un obstáculo, a veces es una maestra, una entrenadora o tu refugio.

Ayer salí de ruta en bicicleta con un amigo, paramos en una colina que tenía buenas vistas y buena brisa fresca seca-sudor. Allí nos sentamos un rato. La roca donde puse yo el culo se rompió al poco rato y resbalé un metro abajo. Resultó ser el techo de un hormiguero. La piedra estaba llena de túneles excavados por las hormigas.

La piedra fue el primer cuchillo del ser humano. La piedra es el nombre de nuestra primera época recordada y pública.

Sin duda un instrumento que nos ha marcado mucho. Creo tener alguna que otra cicatriz de alguna “guerra” de piedras. Un poco brutos siempre somos de niños ¿No? Ya viene a ser eso un ser humano.

 

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¿Y en la escritura? La primera vez que se dejó señales escritas de larga permanencia debió ser en piedra…

Hay piedras que te ayudan a crecer mucho. Las montañas, los budas sentados desde hace siglos, te ayudan a crecer, nunca se baja una montaña con la misma mentalidad que con la que se subió; siempre hay un crecimiento interior…

Un pequeño tributo a las piedras es por ejemplo amontonar unas cuantas buscando su punto de equilibrio. Cuanto más imposible parezca más hermoso queda. Las piedras grandes arriba, sujetadas por puntas finas como plumas de escribir.

Esto tiene una mejora de la creatividad. Tu mente se ensancha con cada acto imposible que conviertes en posible. Cuanto más grande sea tu mundo más grande es tu castillo flotante.

La piedra

Hablaba de montañas y ríos

Hablaba de montañas y ríos como de granos llenos de pus y venas llenas de sangre.

Hablaba de como la rabia aumentaba tanto la presión, que tenía que abrir la presa y dejar que fluyera todo fuera.
No era cirujano, ni un chamán Azteca pero nada le impidió abrirse las venas a cortes gritando sortilegios arcaicos. Alguna deidad escucharía sus palabras ensangrentadas; al menos se quitaría toda esa presión, toda esa rabia de las venas.

«A ti me encomiendo, embrujado por mis semejantes, esculpido en irrespetuosa piedra mi cuerpo impuro ensucia la equidad. No hay amor en mi, no hay más que la tradición de papá de pegar a mamá. Agujerear. Trepanar su cabeza buscando sueños que no se encontraron nunca en su interior.
Aquí libero los ríos de mis venas a la enormidad del mar de estrellas.

 

Cortes en brazos, piernas, pechos, cabeza e incluso escroto y glande. Por cada corte nacía un afluente que regaba el suelo. Se dejó caer y miraba las estrellas. Vio que todo seguía ahí, de la misma forma que lo haría sin él. Sin su sangre impura, sin su vergüenza.
¿Que importaba expresarse con un bisturí o con un micrófono? Él optaba por su cuchillo y sus rezos, mucho más fiables.
Otros amigos le podían hablar de conferencias de LGBT y él les hablaba de Huitzilopochtli y cómo pedía a sus sacerdotes ser seres mágicos, amantes de cuerpos masculinos como los suyos. Diferenciar el poder del guerrero de el poder verdadero del hombre.

Nunca se despedía nadie de él sin darle un fuerte abrazo. En cada despedida daba la impresión que sería la última. Él les sonreía y les decía que amaba la vida más de lo que creían, pero su consciencia de la pequeñez que representa lo hacía demasiado libre como para encerrar su sangre en sus venas.

–Historia inspirada tras performance: La masculinidad debe ser destruida–

Hablaba de montañas y ríos

Torokamu, la nieve y el tabaco

—Savage, eh Savage escucha. Vale da igual lo haré sin ti. —dijo Borja a través de la radio.

Borja apuntaba al tele-cabina que subía hacia la estación muy despacio. Solo hay un instante donde el ángulo de visión es suficiente para ver quien viaja en él. El señor Mugüen Torokamu, presidente de Torokamu Snows, la mejor estación d’esquí de Corea del sur.

Torokamu iba ha hacer un suculento trato con La Vall ski en las montañas de Ebro.

Que gran trabajo, pensó Borja, cuatro horas de oficina al día y de vez en cuanto un asesinato.

—Borja estáte atento, recuerda que va con dos guarda-espaldas armados, sabe que sus negocios de trastienda no son secretos para La Vall.

—Que locura, desde que solo hay nieve si consigues una Snow-tech que las estaciones son una verdadera mafia y menos mal, no tendríamos trabajo sino.

—Ya es bien verdad, mucho mejor que aquellos empleos mal pagados y peligrosos del gobierno. Vale vale lo tienes a diez segundos, apunta bien, una bala por cabeza y listo.

Borja miró al ángulo acordado, todo un tormento pues el sol le cubría por completo la mirilla. En el momento que el tele-cabina eclipsase tenía un instante para matar a los tres hombres.

En la cabina cuarenta segundos antes del disparo…

—Midori, pásame un cigarrillo.

—En seguida Sr. Torokamu — respondió Midori apresurándose a sacar su paquete de cigarrillos Pakyon—, tome.

Torokamu acercó la mano al cigarrillo y estalló; tres dedos y el cigarrillo al suelo bañándose en sangre. Los guardias empujaron a Mugüen al suelo absorbiendo mojando su cara en sangre. Tres tiros después los dos guardias se desangraban de la cabeza tirados al suelo de la cabina.

Con la solemne tranquilidad de un coreano el Sr. Torokamu se encendió el cigarrillo con la mano sana.

—Solo sabe a hierro, que desperdicio. Debería haber vendido la empresa y pasarme al mercado del tabaco. Ahora mismo podría estar grabando esto y hacer el mejor spot publicitario tabacalero de la historia de Corea…

En la colina desde donde disparaba Borja en ese mismo momento.

—Bien Borja, bien. ¿Están los tres muertos, no? Ya no los veo de pie al menos.

—Me temo que el Toro coreano sigue vivo, le di en la mano tan solo. Caen gotas de sangre del tele-cabina. Voy a probar de darle a través.

—Acaba con él ¡Ya!

Al llegar arriba.

—Sr. Torokamu…

Torokamu se encontraba muerto en el suelo con un cuchillo en el corazón. Aun tenía el cigarrillo ensangrentado en los labios humeante.

Que vergüenza salir vivo de que te intenten asesinar, debió pensar…

Torokamu, la nieve y el tabaco