La surfera de Higuer

Desde que tengo memoria, solo me di permiso para llorar una única vez; tuvo que morir mi padre para plantearme tal cosa. Hay un día en el calendario donde contribuyo al ensanchamiento de mi querida y respetada mar. Esa concreta mañana tomo suelo para contemplar el oleaje bajo la sombra del faro. Era un lugar tranquilo antes de 1980, cuando aún no había el camping, pero sigue siendo el lugar donde nos conocimos Harper y yo.

Qué no hubiera dado por vivir la eternidad con ella…Mi vieja amada Elene…
Qué caprichoso el destino que todo te lo da y te lo quita a su antojo.

Elene era mi nave, me adentraba en las aguas cántabras en el amanecer para volver a media tarde con los peces que alimentaban a este pescador solitario que soy.
Cuando me embarqué el día que conocí a Harper sentí algo en el viento, tan suave como la seda, incluso la humedad que siempre castiga la piel del marinero, en esa mañana de final de septiembre, era dulce y amable. Salieron menos barcos, y presentí que no se trataba de un laborable más. Unas pocas tristes gambas, y algunos peces diminutos que preferí liberar fueron las presas de mi red. En mi regreso a la costa la marea convulsionó. Juro que sentí un violento temblor como si una enorme bestia marina despertase de un profundo letargo. El cielo se llenó de nubes y las olas se agitaron tan terriblemente que ni el hombre más valiente habría permanecido sereno. Elene se tambaleaba como una hoja en otoño y sucumbí. No soy capaz a día de hoy de recordar cuándo y cómo me devoró la marea

Recuerdo el tacto de la arena en mi piel, antaño tan tersa; unos instantes antes de coger aire de nuevo me caían gotas de agua desde su pelo a mi cara. Dos borrosos rostros que eran uno golpeando mi pecho desmadejado. Y después mis pulmones desahogándose, los tapones de agua que llevaba en las orejas deshaciéndose y pude oír como reía de alegría. You’re alive! Gritaba levantando los brazos. Mamala bless you! Y otras frases que no recuerdo. Me sentí afortunado; nadie suele pescarte de la boca del lobo cuando ya te ha tragado. Gracias, gracias.
Mi inglés era ridículo, y su español se reducía a un “hola, amigo, viva el surf”, que acompañaba agitando su mano; esa frase la aprendía a decir en el idioma del país donde se encontrase. Era morena, baja y australiana. Vivía de los premios que ganaba y las apuestas que hacía. Premios en competiciones de surf, concursos de apnea, tiempo encima la tabla y su mayor fuente de ingresos; las apuestas de bebedores. Recuerdo perfectamente el día que la vi surfear desnuda, como una Kapua decía ella, proud to be free; se interpuso entre el sol y mis ojos convirtiéndola en sombra el instante suficiente para hacerle una fotografía mental que jamás olvidaré.

A Elene se la llevó la mar y yo solo sabía ser pescador; y empecé a usar una caña para trabajar en la orilla. Los vecinos no tardaron en enterarse de mi desdicha y muchos fueron los que decidieron echarme una mano. Uno me traía comida a casa, otra me ofrecía compañía mientras pescaba, alguno me daba dinero, la camarera de la taberna me invitaba a beber…
Es casi insoportable admitir que vivía mejor que nunca. Sobre todo gracias a ella, mi Kapua, que me llenaba de alegría verla bailar en con el mar sin tregua. Bebimos cientos de horas juntos, calentando nuestras mojadas manos en una hoguera improvisada en la playa. Me contó montones de historias. No entendía todo lo que decía, pero sí comprendí muy bien su espíritu viajero indomable como el océano. Llevaba tatuajes, que en aquellos tiempos no eran ni tan comunes ni tan populares. Los chicos iban detrás de ella y a veces alguno lograba gustarle para surfear de día y dormir juntos de noche, pero nunca conocí a ninguno de estos surferos, pues en pocos días desaparecían, y ella invitaba a copas la noche siguiente. Un día le pregunté sobre eso; dijo algo como que estaba maldita, que no podía tener una relación con nadie demasiado tiempo, e intentaba ser buena con la gente pasándolo lo mejor posible. Euskadi moldea los huesos con esa actitud, pensé yo. No somos fríos, somos fuertes y bondadosos por naturaleza, y quien no se dé por enterado que busque otro lugar donde beber.

La que fue nuestra última noche en la playa me cogió la mano y me sonrió: estás hecho de olas, me dijo pausadamente en correcto español, y me rompí en pedazos. Harper, you are the queen of the ocean, le respondí, y se rio hasta caer de espaldas. Dijo algo así como: I’m only a surfer, my feet on my board. Quizá usase otras palabras.

Pensé más de una vez que esto era el inicio de una relación de amor como nunca tuve. Pero no fue así. Cogió su tabla y se fue con viento fresco a otro puerto, con la primera marea, con la mejor ola, y me quedé en el pie del faro con mi caña, como estoy ahora mismo. Los años pasaron más despacio tras su partida. El camping empezó a construirse alrededor de mí, y no tardé mucho en convertirme en un contador de historias. Parte del paisaje, esta llovida y vetusta tierra, piedra que forjó la rudeza de nuestros ancestros.

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¿Qué? ¿No os gusta el final? La verdad es que no se fue con viento fresco, sino suave como la seda, de humedad dulce y amable; y ella no pudo mantener sus pies en la tabla, ni la tabla encima de las olas… No me preguntéis cómo lo sé.

Un día como hoy me doy permiso para llorar, el mar te da y te quita; qué más podemos hacer que ser buenos y pasarlo lo mejor posible.

La surfera de Higuer

Poema al futurismo del futuro

Poema corto al futurismo del futuro. Perteneciente al relato “Hoy pan mañana cable”, todo de mi autoría.

 

Breve poema al futurismo del futuro

Hablar de vena es hablar de cable
ser humano es ser cambiante.
Exploramos el arte

traemos de esos mundos
ríos de ideas montañas vivas y eléctricas
incertidumbres y nuevas deidades.

Seremos nuestra propia estrella
nuestros aires de grandeza
la fórmula secreta

Todo el vacío del metal
la carne que no se pudre
el fuego que no se apaga.

La época dorada del silicio, la alquimia desvelada.

Poema al futurismo del futuro

Fran, prisas rutinas y estrés

Relato corto reescrito con la calidad literaria actualmente alcanzada (5 nov 2018).
Aprovechando la reescritura, decidí darle voz como ya acostumbro. Me envalentoné un poco, y le puse música e incluso efectos que yo mismo grabé y edité. Disfruten del experimento.

 

Fran salió de casa como hace siempre a las 9.30 de la mañana tras medio café. Hoy durmió cinco minutos más de lo que tiene previsto, por lo que tuvo que compensarlo tomando el café en cinco minutos en lugar de los diez asignados para dicha acción. Cuando cerró la puerta tras él sonó su teléfono móvil. Lo oía raro, como si estuviera lejos, cosa imposible porque siempre se guarda el teléfono en el bolsillo superior de su chaqueta. Alcanzó con su mano el bolsillo y sintió el horror de no tener su más básica herramienta. Alguna clase de mal le oprimió el estómago y éste los pulmones, provocando un instante de ahogo. Tras una violenta bocanada de aire Fran se dispuso a pensar.
La canción caribeña seguía sonando y Fran dedujo que venía de su casa. Se puso la mano al bolsillo izquierdo del pantalón para sacar las llaves que siempre dejaba allí. El corazón de Fran se aceleró como un tren de largas distancias al no sentir sus llaves en su sitio. La sangre de Fran circulaba tan rápido que toda su piel enrojeció. Unos leves tembleques le quitaron buen pulso a sus manos.
Examinando la situación, Fran vio el móvil y las llaves al lado de su media taza de café, a través del a ventana en la parte superior de la puerta.

¿El no terminar el café me descolocó? Se preguntaba, apretando con todas sus fuerzas la mano derecha. De un salto y un decidido puñetazo rompió el vidrio. El golpe le recreó un futuro próximo en la cabeza. Sintió recibir el puñetazo de su jefe en toda la cara por haber llegado tarde por primera vez en diez años. Algo imperdonable, inimaginable incluso.

El brazo no le alcanzaba a la manija para abrir la puerta pero si llegó al paragüero. Con el paraguas más largo en la mano intentaba abrir la puerta. En vano, pues el ángulo le impedía tener la fuerza, y la vista para lograrlo. Disgustado y herido, Fran empezó a respirar llenando sus pulmones al máximo. Recuperó su apacible serenidad y con ella volvió a intentar abrir la puerta. Sudando por frente, manos, pecho, espalda y axilas, logró alcanzar la manija. Estando a medio abrir, volvió a sonar el móvil. Los nervios traicionaron a Fran resbalándose el paragüas entre sus manos sudorosas y ensangrentadas.

Perdió el control de sí mismo, Fran golpeaba la puerta de su casa cual minero buscando oro. Saltaban astillas y gotas de sangre. En un arrebato final, se dispuso a echar la puerta abajo con la embestida de su vida. Cogió carrerilla y se lanzó como un ariete policial contra la puerta.
Fran se desmoronó encima de la puerta derrumbada. Se quedo unos minutos en ella, contemplativo, calmado de nuevo. Que dulces aquellos segundos de plenitud, de comunión con el océano infinito de consciencia y…
El Caribe volvió a sonar Y FRAN se sobresaltó, pero la sensación fue más parecida a un salto al vacío.

—Si si hola hola, soy Fran, perdón por la tardía estoy teniendo algunos problemas domésticos y…— la voz del otro lado cortó las disculpas de Fran.

—Tranquilo Fran, tranquilo, soy Pablo, el secretario de la presidenta, verás espero que aún no hayas salido porque hoy tenemos que cerrar la empresa por unos daños en la infraestructura del edificio, así que no hará falta que vengas a trabajar en unos días, te avisaremos cuando todo vuelva a su sitio.

Fran tiró el teléfono móvil por la ventana. Terminó su café. Regresó a la cama.

Fran, prisas rutinas y estrés

El grillo mágico

Relato corto actualizado. Hoy me levanté y quité el polvo a algunos relatos viejos… siento como si llevara siglos en esto y en realidad sigo siendo el nuevo que tiene que demostrar su valía. Y lo haré, y lo hago. Disfruten del grillo mágico actualizado y sonorizado.

Cuanto más escuchas, más dulce suena LA melodía. Su melodía. Noche tras noche canta para sí. Convierto en mantra ese canto y medito.

El primer día inauguré mi orquesta al sumar mis latidos y respiraciones a su cric-cric. Siempre le permito empezar con un solo de grillo. Quizá su compañera no venga esta noche, pero siempre estará a resguardo bajo el foco en el cielo. A pesar del frío montañés en pleno invierno, su canto no tirita.

La vibración que llena el aire y recrea orejas sensibles.
El tiempo se congela, la voluntad de sentir… SENTIR.

No hay soledad, el gentil grillo canta el recuerdo
exhalo la última bocanada de aire consciente
despierto en el sueño.

¿En cuál de ellos?

El grillo mágico

Por un cigarrillo

Qué no haría por un cigarrillo. Aunque fuera de tabaco negro y sin filtro. Hace años que no soy vaquero, siglos que pido dinero. A veces los niños me miran entre llantos, miedo y extrañeza. ¿Por qué no hay nadie alegre por estos lares?
Me dieron unas flores, una mujer extraña que jamás había visto. Mi desesperación me llevó a intentar fumarlas. Mi mechero no tiene chispa; se trata de un viejo mechero que aún huele a gasolina, desde la última vez que no recuerdo cuándo fue que lo rellené. Sin embargo, esas flores adornaron mi un tiempo mi manto.
Puede que llueva y no valga la pena seguir aquí sentado, pero tampoco sabría a dónde ir.
El suelo será fango al poco rato, se avecinan oscuras nubes. Ojala tuviera un cigarrillo.
Me extraña el pasar del tiempo, me siento como un infante, viviendo entre descubrimiento y asombro, instante a instante. Me he quedado observando incontables veces estas losas de piedra desgastada. ¿Cuánto deja algo de ser lo que és? Todo cambia, claro, pero cuando le damos un nombre parece que no pueda perderlo nunca más.

Ha vuelto y parece más contento de lo habitual. Él es mi amigo cantarín. Si hay alguien que me quita la ansiedad de fumar es mi amigo barbudo con su pala en el hombro y una canción en el corazón. ¡Está muy feliz! Incluso canta la letra en vez de el clásico tarareo.
Es especialmente emocionante verlo trabajar, a veces incluso canta en francés mientras cava.
Imagino que será jardinero; está todo lleno de árboles y flores; a pesar de ello no haya alegría más allá del espíritu imbatible de mi buen amigo. Digo que es mi amigo, reflexiono sobre esto cuando estoy solo, y claro, sí me ofrece su compañía, pero hablar… no hablamos; ni siquiera se encontraron nuestras miradas. Le pedí tabaco en muchas ocasiones en las que pasó cerca de mí y nada, como si estuviera en mitad del desierto de México, desamparado, sólo, invisible.
La mujer misteriosa me trajo flores de nuevo. Sus ojos vidriosos estaban entrecerrados por unas horribles arrugas que no tenía la última vez. Clava su mirada en mí cuando me da las flores, se queda ahí, intenta erguir su espalda entre gemidos de dolor, pero no habla, no me escucha ni tampoco contesta. Adelgazó mucho, su vestido oscuro le hace bolsa y tiene las caderas marcadas en él. Vi su cabellera cuando se marchaba y me dio mucha pena su pérdida de color, de vida.

Se marchitaron las flores y el jubiloso jardinero ya no viene. Hay otro hombre con pala al hombro y un serio y pálido rostro que pasea por aquí. Es joven y marca su desgana y aborrecimiento en un pausado caminar. No me ve, no canta ni fuma. He perdido todo mi interés por su figura.
Vino mucha gente vestida de negro y se reunieron al lado de mí. La mujer de las flores no está ¿por qué? Qué no haría por un cigarrillo, qué no daría…

Por un cigarrillo

Viaje más allá de México

El primer sonido marca el inicio de la canción, y a pesar de la confusión todo es claro; la aceptación más absoluta reina en el carnaval. El carnaval que no acabó. El camino de la cabalgata se retorció inevitablemente. Una esquina correcta fuera del plano la condujo más allá de la frontera de México. La música desaparece cuando el aire pesa tanto como el agua. Y todas intuían el cambio. El cruce, la boca de la calavera divina. El pretérito pasó a un presente continuo muy bien acompañado. Algunos labios se torcieron hacia arriba y otros hacia abajo y algunos menos se dividieron de indecisión ¿Sabes dónde estás? El movimiento parió al tiempo, pero no aquí. Sabemos que no estamos solos porque nunca fuimos otros para acompañarnos. Toda la lupa del detective enfocó al universo. Lo alcanzó de lleno. Y no era más qué una única mota de polvo sin luz ni color.
Vinimos caminando. Bailando, mejor dicho; buscando algo que pertenece a la conciencia oculta. Y así se abría la garganta, pero no era aquí. Y un montón de desierto tan infinito como un paso más entre la caliente arena se expandió hasta el horizonte. La música prendió de nuevo el día, pero ya no era la misma. Una burbuja había estallado, otra acababa de nacer. El histriónico sonido primigenio rebotaba incesante e infinito entre la cúpula y la arena, entre las mujeres y los hombres y las calaveras. Soplaba guadañas y rasgaba pintalabios. Ventó cráneos, uno tras otro. Seguimos, firmes, convencidos. Los gaznates no sentían sequedad y los ríos abundaban en las venas. ¡Qué pies más negros! En una tez tan india… Descubrimos el viaje entre huesos. Lo reconocimos.

La emoción nos embarga, nos empuja y nuestra respiración es como el lago de Pátzcuaro; Vacíos y prendidos, velas elevando globos, vendas ardiendo.
El coyote se muestra en su apariencia animal. Te seguimos.
Cada paso es pegajoso, nos separa, y el convoy constituye uno. Milenios o segundos hace que el sol se fue, sus rayos persisten; a la voluntad se le resta todo miedo. Un paso más, el mineral donde todo se apoya quiere su parte; lo obtiene, fragmentos de justo precio de nuestros pies son para ellos, el gran desierto. Cristales gigantes señalan a nuestro guía la puerta, aquella que no atravesó jamás. Él nunca morirá y su forma de moverse no es alterable, su energía es consciencia infinita; precisa e imprescindiblemente sin fin. Un exquisito trance vibratorio. Quién marca el paso y el camino remueve el suelo con su hocico. Sabe quién es y sabe hacia dónde nos lleva, donde me lleva. Una frontera demasiado alta, y por eso nos entierra.
Nuestras manos son palas y nuestros dedos de los pies gusanos largos, blancos y valientes. Lluvia tuneladora abre el camino. Abajo y abajo hasta caer de las alturas.
El olor salino marino está en la tierra humedeciéndose. La oscuridad es plena. Y el viaje continúa. Ahora ya entendemos la carabana. Revertimos nuestra piel, observamos el adentro. Es un ahora verdadero y tan palpable como entonces fue el instinto.
Ya lo vemos. La siento. Es ella. Dios mío… ¡ES ELLA! ¡ÉS!

Llegamos al océano. Tembloroso. Creedme que no sabe a pollo. Aún no nos ha tragado, pero podemos sentir su no-calor con una claridad tan perfecta como el movimiento de los astros en el espacio. Ya no huele a salina, no hay partícula. Nada que partir, NADA se puede tocar, pero su tacto nos pertenece como los conductos sanguíneos debajo de la piel, o el grueso latido vital. Ya solo el abandono y rendición puede terminar el viaje. Nos arrastra, nos atrae, demostrando el infinito poder verdadero… Eléctrico. Sí, son ellos. Los mismos labios. Nos engullen; ya somos lo que debemos ser para poder volver a quebrar, entrañar y nombrar. No hay más frases, no hay más México ni flautas ni serpientes. Las nubes con forma de setas y cactus se difuminaron en la atmósfera. Nos tragó; como mezcal del mejor. Devoró nuestra experiencia y finalizó con el movimiento de la existencia misma.

El primer sonido marca el inicio de la canción…

Viaje más allá de México

Reseña creativa: Hojas de hierba

Hojas de hierba, libro de poemas de Walt Whitman, poeta (con todo lo que eso incluye).

El poeta que amaba, incluso con todo el sufrimiento que conlleva. Whitman le cantó a la vida, un canto hermoso, justo, pleno. Como briznas de hierba crecen sus poemas.

En la antología que tengo (más bien pobre) y de la que hago reseña, hay algunos de sus poemas más famosos. Sin duda alguna, el más importante (no tiene porqué ser el mejor) es Canto a mí mismo. El cual os recomiendo leer varias veces. En un largo poema pero se puede resumir con sus primeros versos:

Me celebro a mí mismo,
Y cuanto asumo tú lo asumirás,
Porque cada átomo que me pertenece, te pertenece también ti.
Holgazaneo e invito a mi alma,
Me tumbo y holgazaneo a mi antojo… mientras observo una brizna de hierba veraniega.

Quiero compartir con vosotros un corto poema que recité y acompañé con alegres sonidos grabados en mis lares.

Como siempre, si a lectura es común que tenga múltiples interpretaciones, la poesía (la madura, vivida y sufrida y amada) es una plurirealidad en sí misma. De tal modo que reseñar un libro de poemas se convierte en algo empíricamente creativo, pues no vale la pena hacerlo como si se tratara de una novela basada en la trama.

E aquí, mi poeña creativa:

Porque cada átomo que me pertenece, te pertenece también a ti
y en ese escuchar me encuentro.
El río resuena dentro de mí y los peces dentro de él
es así como ale-ta-zos remueven mi sangre roja caliente y valiente
como la barba me crece, fuerte e incansablemente
es de esperar que la tierra proveerá otra flor más
otro lló delicado y perfecto donde el rocío se pegará.
Podrían ser rosas tus manos y pincharme tus pelos y me harían sonreír,
mi angustia, tu frustración
el hambre que muerde tu estómago, sus huesos pronunciados, los míos.
Cada orgasmo contra el techo es el placer en mi sexo
todos tus jadeos y los otros
donde el cansancio es felicidad y marca una era que parece terminar siempre demasiado pronto.
Quisiera cantarme a mí mismo como no sabría hacer Narciso.
Oíd hermanas, los pájaros se organizan para danzar hacía otra primavera
verdes hojas les llegan desde el otro lado del mar que nada separa.
Tocad cada arbusto que sin envidias crecen a la sombra,
sed pacientes, venimos a jugar y todos crecemos.
Soplamos pinos y ahora soy un juglar sin miedo en el bolsillo
cantando en el bosque que me tiene de cobijo.

Canto a mí mismo… a los destellos y manchas que personas son.
A la madre de palabras dulces.
Al afecto que no será negado.
A las dudas diurnas y a las nocturnas también.
Todo aquello que se va aglutinando en el final del río y forma el delta…
El canto a mí mismo, que todo lo impregna cuál llanto alegre del parto.

El nacimiento es un dolor que la vida compensa.

Quiero ser honesto y decir que esto no es una buena reseña pues Walt Whitman impregnaba sus poemas de experiencias personales, su país y sus tierras y gentes. Demasiado alejado de mi corazón está todo su mundo para hablar correctamente de sus poemas, y me ciño a su parte más humana, sin patrias. Por eso mi poeña creativa tiene más de poema que de reseña, y quiero terminar pidiendo perdón por ello e insistir en que leer a Whitman es tumbar su maltrecho corazón por los golpes y puñaladas de la vida, en un primaveral campo de hierba, en un día románticamente perfecto; sentir la brisa fresca llevarse los problemas, y sentir que te une a todo…

Reseña creativa: Hojas de hierba