La desenmascaración de la Musa

La última bola de papel Desbordó la papelera.
Como Om ya no limpiaba no se dio cuenta y siguió desechando idea tras idea sin siquiera usar la divertida función de su silla giratoria.

—Creo que nunca entenderé a Om —pensaba la rata que había convertido la papelera del estudio en su acogedora biblioteca.
—¡Ah! Este es bueno —pensó al sentir entre sus patas de roedor las palabras escritas en la última nota desechada.

«Manifiesto humano post-moderno:
Con el manojo de llaves más grande que jamás hemos llevado colgando del cinturón y se nos ha olvidado seguir creando lápices y bolígrafos. No sabemos donde están encerradas esas hermosas palabras jamás narradas. Donde se metieron las princesas de las mansiones encantadas. El conocimiento de centenares de generaciones reunido en ordenadores y nunca habíamos estado en una decadencia social, creativa y científica tan grande qué TACHÓN. Éramos o fuimos unos…»

Om se fue a la cocina a por más café mientras balbuceaba malsonantes palabras al aire.
Volvió al estudio con un termo de un litro y medio lleno y se sentó a seguir escribiendo en su habitual estado de embrujo.
—Basura y más basura —berreaba como bebé insatisfecho pidiendo más pecho.—¿Dónde estás mi querida musa?

Om levantó la mirada al techo y se quedó fijo en una musa-araña.

—¿Eres tú, mi musa?

La araña se deslizaba despacio por sus hilos hacia la cara de Om.

—Soy tu creatividad y tu confianza haciendo el amor. ¡Deslízate, pequeño holgazán paranoico! —dijo la araña con voz de pito

Om bajó la mirada de nuevo al papel, escupió encima, hizo una bola y lo clasificó a la biblioteca ratuna

La desenmascaración de la Musa

Fred y Alf van al parque

—Es-toy me-an-do-me encima . ¿Porqué no lo entendí al ver que te cogías los huevos? Oye, tú que puedes, el lavabo está a tu izquierda, a no más de quince pasos, yo voy a acabarme el cigarrillo, te espero aquí sentado — Alf leyó los nerviosos labios de Fred.

—Vale, pero si me pasa algo por no acompañarme te sentirás culpable toda tu vida.

—Hablaste demasiado rápido Fred, no te entendí.

Fred hizo un gesto con la mano para indicar un: “no importa” y se giró a su izquierda en dirección al servicio.

—Oh, esos pájaros parecen cantar —pasó una chica corriendo con auriculares puestos y Alf la siguió con la mirada—. Como echo de menos la música…

Fred en el servicio

—Esto huele fatal —hablaba Fred poniendo cara de asco.

Palpaba las paredes, encontró de manos y le dio en el interruptor en ese encuentro. Siguió la pared hasta descubrir la puerta y entró.

—¡Ah, sal de aquí ahora mismo, pervertido!

—¡Ay dios, me volvió a pasar lo mismo! Lo siento mucho señorita, soy ciego y me confundí de servicio.

—Ah, si es así espere un momento que me subo las bragas y le ayudo — la mujer se levantó de la taza y se subió las bragas y los pantalones—. Oh, veo que su imaginación si funciona bien, eh ¿O me mintió? —dijo la mujer mirando el miembro erecto de Fred.

—Lo siento señorita, es que cuando eres ciego te estás imaginando todo el rato el aspecto de tu entorno y claro al decir que se subía las bragas no pude evitar imaginármela desnuda —respondió Fred tapándose con las manos su erección.

—Está bien está bien, no parece que mienta. Vamos, le acompañaré al servicio de caballeros.

La mujer lo cogió del brazo izquierdo y lo fue guiando al lavabo. Al salir les vio Fred que no pudo evitar abrir la boca y los ojos como ceros. Pues observar salir a Fred con una mujer abrazada a su brazo y con la polla empalmada era digno de sorprenderse para ser una tarde de domingo en el parque delante de su casa. Que enorme sonrisa de felicidad la de Fred.

Que divertido que no pueda ver la troll que la acompaña.

Fred y Alf van al parque

Quizás sí era un pájaro

—Cada uno tiene que dedicar su tiempo a lo que se le da bien, a su vocación.

Me daba el típico discurso de: ¡Espabila y hazte mayor de una vez!
El muy cobarde me vendía humo, me habla de una cosa y luego él hace la contraria…

—pensé

—Por ejemplo ¿Quieres saber cual es mi verdadera vocación? —me preguntó, con los labios tan estirados que casi daba miedo. Era como si quisiera sonreír por última vez.
Me quedé en blanco unos segundos antes de responder.

— ¿No es ser dueño de una fabrica de cartón? — se rió montando tal alboroto que las palomas que habían en el tejado salieron volando.

—No amigo mio… Yo… Mi vocación es ser pájaro.

Con serenidad plena miró al horizonte y saltó de mi balcón. Un sexto piso con buenas vistas. Pareció mantenerse en el aire un par de instantes.

No sé… Quizás en otra vida si era o si será un pájaro.

 

 

Quizás sí era un pájaro

Mi querido osito

Mi hija siempre tiene que tener lo mejor. Darle menos sería tan deprimente, tan triste, tan decepcionante que no podría soportarlo.
Así que con un año le regalé un sonajero muy original, que yo mismo fabriqué.
Con tres años le regalé un vaso personalizado muy original que yo mismo fabriqué.
A los siete, solo pude regalarle papel, lápiz y una carta…

La carta decía así:

Hija mía, osito de mi vida, papá va estar lejos algún tiempo, pero te prometo que te seguiré enviando regalos bonitos por tu cumpleaños.
Donde estoy ahora tengo mucho material y nadie preguntará porque hago lo que hago…

Espero poder verte pronto, escribe cada año mi amor. Pide lo que quieras y te lo haré con mis manos, como siempre.
Siempre tuyo, papá.

 

Hola papá, te echo de menos, pero gracias a tus juguetes nunca me siento sola, siempre estoy pensando en ti. Tuve un accidente con el vaso personalizado y ahora se le cae la nariz pero con un poco de cola lo voy reparando; a veces el agua que bebo con él sabe a hierro…
El sonajero se me cayó al suelo y se rompió. Los dientes se escaparon y uno me rasgó la cara; pero no me dolió, y me curé con tu botella de sana sana. Pero los demás están bien, el gorro abriga mucho y la lluvia resbala en él, lo mejor de todo es que puedo hincharlo como mis propios pulmones como me dijiste cuando me lo diste. El cuadro me sigue ayudando a dormir… Me encantan las nubes rojas.

Este año quiero un abrigo, como el que me prometiste a los seis años. Uno de piel original, como los que fabricas para mi. Te quiero papá, espero que vuelvas pronto.

No me falles papá, te quiero,

tu ositoTerror_Halouin

Mi querido osito

Alumbrando la sala

¡Joder, odio los espejos! Y más los redondos y sucios.

 

Lámparas de aceite se iban prendiendo iluminando la sala. Paredes de piedra púlida recargada de decorativos. Habían multitud de cuadros, paisajes de montañas nevadas, jorobados tocando flautas mientras resuenan los cascabeles atados por todo su cuerpo. Retratos, nobles pálidos con ropajes ceremoniales de pieles de arce y oso, mandobles reposando a sus pies. Telas heráldicas de rojo óxido y negro.

Casi se podía ver toda la sala a pesar de lo grande que era.

Se intuía en el fondo del todo una chimenea llena de troncos a su lado.

Otra lámpara prendía encima de la puerta donde me encontraba reflejando su luz a un espejo incrustado a la empuñadura de una enorme hacha colgada encima de la chimenea. Un espejo redondo, con polvo y un telaraña. Sin embargo iluminó intensamente a un caldero de metal oscuro que estaba atado a una lámpara de candelabros al centro de la sala; era un techo tan alto que no lo había visto hasta ahora. Me acerqué un poco y pude ver caer partículas de polvo al soplar el caldero. Me gusta mucho verlas retorcerse en el aire cayendo al suelo. Un suelo cubierto de una alfombra de terciopelo marrón, cálida, tan suave como una oveja o un cachorro de una semana.

Esa última lámpara que se había encendido se apagó de un golpe de viento.

—Y una espada le atravesó el corazón por la espalda.

Oh, que pena ver tan bien, describir tan bien y ser tan sordo para escuchar pasos detrás de ti.

¿Qué te habría gustado escribir en tu lápida amigo? Algo así como…

Me atravesó como un tenedor a una aceituna. Me desangre rápido, retorciéndome como un abridor de corchos, vaciándome como vino barato.

¿Algo así? O quizás algo más corto?

Joder, odio los espejos…

Alumbrando la sala

Torokamu, la nieve y el tabaco

—Savage, eh Savage escucha. Vale da igual lo haré sin ti. —dijo Borja a través de la radio.

Borja apuntaba al tele-cabina que subía hacia la estación muy despacio. Solo hay un instante donde el ángulo de visión es suficiente para ver quien viaja en él. El señor Mugüen Torokamu, presidente de Torokamu Snows, la mejor estación d’esquí de Corea del sur.

Torokamu iba ha hacer un suculento trato con La Vall ski en las montañas de Ebro.

Que gran trabajo, pensó Borja, cuatro horas de oficina al día y de vez en cuanto un asesinato.

—Borja estáte atento, recuerda que va con dos guarda-espaldas armados, sabe que sus negocios de trastienda no son secretos para La Vall.

—Que locura, desde que solo hay nieve si consigues una Snow-tech que las estaciones son una verdadera mafia y menos mal, no tendríamos trabajo sino.

—Ya es bien verdad, mucho mejor que aquellos empleos mal pagados y peligrosos del gobierno. Vale vale lo tienes a diez segundos, apunta bien, una bala por cabeza y listo.

Borja miró al ángulo acordado, todo un tormento pues el sol le cubría por completo la mirilla. En el momento que el tele-cabina eclipsase tenía un instante para matar a los tres hombres.

En la cabina cuarenta segundos antes del disparo…

—Midori, pásame un cigarrillo.

—En seguida Sr. Torokamu — respondió Midori apresurándose a sacar su paquete de cigarrillos Pakyon—, tome.

Torokamu acercó la mano al cigarrillo y estalló; tres dedos y el cigarrillo al suelo bañándose en sangre. Los guardias empujaron a Mugüen al suelo absorbiendo mojando su cara en sangre. Tres tiros después los dos guardias se desangraban de la cabeza tirados al suelo de la cabina.

Con la solemne tranquilidad de un coreano el Sr. Torokamu se encendió el cigarrillo con la mano sana.

—Solo sabe a hierro, que desperdicio. Debería haber vendido la empresa y pasarme al mercado del tabaco. Ahora mismo podría estar grabando esto y hacer el mejor spot publicitario tabacalero de la historia de Corea…

En la colina desde donde disparaba Borja en ese mismo momento.

—Bien Borja, bien. ¿Están los tres muertos, no? Ya no los veo de pie al menos.

—Me temo que el Toro coreano sigue vivo, le di en la mano tan solo. Caen gotas de sangre del tele-cabina. Voy a probar de darle a través.

—Acaba con él ¡Ya!

Al llegar arriba.

—Sr. Torokamu…

Torokamu se encontraba muerto en el suelo con un cuchillo en el corazón. Aun tenía el cigarrillo ensangrentado en los labios humeante.

Que vergüenza salir vivo de que te intenten asesinar, debió pensar…

Torokamu, la nieve y el tabaco

Nortáño

—No.

—¿Pero porqué? Sabes lo mucho que odio el no y el si sin explicación alguna.

—He dicho que no y es no. Sigue insistiendo si quieres.

—Pero a ver a ver. Sabes que tiene sentido; más humana no puede ser.

—…No.

—Si además estoy convencido de que durará mucho.

—No, no y no.

—A ellos les encantará, puede que incluso se escriba un libro sobre ella.

—Esa palabra solo define tu estupidez contradictoria. No pienso incluirla jamás en mi diccionario.

—¿Ves? Mi palabra define muy bien esta situación. Es extraño que te niegues a incluir palabras nuevas y es normal que hables del diccionario de la real academia como si fuera tuyo; como si de Juan Manuel Fernández se tratase.

—¿Porqué no te callas?

—Porque sería muy nortáño por mi parte hacer algo así.

—Me entran ganas de refundar la inquisición y llevarte a la hoguera…

—Muy nortáño.

nortaño

Nortáño

La cafetera y el ser humano

Dedicado al café, contribuidor de un tanto por ciento de mis ideas. Sé que le dedico demasiado. No es tan bueno conmigo como me gustaría, pero que más da.

No se llenaba de café. Ella, una cafetera italiana, de las clásicas, hierro y minimalismo. Quince minutos al fuego y el café no subía. Me estaba poniendo nervioso y no de la forma que yo buscaba. Fui a mirar, le faltará poco… Vuelvo a la habitación y oí un ruido de algo cayéndose contra el suelo.

Sigo con lo mío y luego quiero mi café.

Me levanto a por él y lo vi. La asa por donde coger la cafetera sin dejarte la mano pegado en ella estaba al suelo; derretida. Abrí la parte superior y me quedé con el trozo de plástico en la mano para hacer dicha acción. La abrí con un tenedor. Vacío, solo lleno de calor.

Me olvide de meter agua… Una cafetera es como un ser humano. No funciona sin agua… Se quema, sufre mucho, se derrite y acaba por dejar de producir.

Donde el agua es lo más flexible que hay. Donde la flexibilidad es lo más vivo que hay.

Algún día me gustaría tener mi propia marca de café, como David Linch.

cafetera-italiana

La cafetera y el ser humano

Edificios, árboles ancianos.

Repintar el exterior de un edificio es despreciar la contribución de la naturaleza. El darle vida incluso a algo sin ella. Este es uno de los motivos por el que me encantan los edificios abandonados. Su estética es hermosa. Construir algo tan frío como un bloque de pisos a base de vigas, cemento y ladrillos y al darlo por basura ver como la naturaleza lo recicla.

Ver como crecen enredaderas, se abren agujeros por donde entra luz, llevando vida. Ventanas llenas de grietas dando efectos de luz en su interior. Goteras que riegan semillas de diente de león que vuelan al nacer y vuelan al morir .

El santuario de adolescentes, de drogadictos de baja cuna, viajantes busca-refugios de una noche y personas abandonadas y descartadas de la lista de herramientas útiles.

Lugares de gran belleza, despreciados. Menos mal de los locos que les hacen fotos. Menos mal de los marginados que deciden convertir esos santuarios en sus moradas. En sus hogares.

Que bonito la adaptación que hacen. Pues en un bosque ese edificio abandonado sería un viejo árbol. Con pájaros carpinteros agujereándolo para sus hijos. Esquiroles escondiendo comida en ellos.

Unos policías entraban echando la puerta abajo con uno de esos arietes de mano que lleva el agente más fuerte de ellos.

Como un leñador, echaron a todas las personas ocupantes. La vida abandono el hogar y se marchitó. Cayó a los pocos meses de fuera para dentro. Ni cemento ni vigas ni ladrillos.

Fue una lágrima bajándome por la mejilla volver a pasar por allí y ver las típicas “malas hierbas que no perdían el tiempo en repoblar la zona.

Siempre habrá otro.

Sanatorio-Cesuras-02

Edificios, árboles ancianos.

El declive del hombre dormido

Un hombre solo. Un hombre triste. Un camino blanco…
¿Si tus semejantes se expulsan o te moldean que otras opciones te quedan? Cocaína pintada en el sucio baño del bar portugués más barato.

Cervezas de cincuenta céntimos y mal humor. Solía berrear mis desgracias a la camarera. Hasta aquel día que su macho me echó a la calle. Solo porqué le vomité en la barra… Debería estar acostumbrado, es un bar de auténticos borrachos. Chupitos por la mañana y café es lo normal. Cervezas y vinos por la tarde. Grandes cantidades de vodka, whisky y ron por la noche. En vasos grandes, con o sin hielo pero nunca rebajado.
Es la última vez que me abro y muestro mi interior. Indigerido y visceral, sin filtros ni refinamientos.

¿En que callejón voy a mear y escupir ahora? Era maravilloso que al cerrar el bar, dando unos pocos y torpes pasos llegaba allí. El olor a meado ya me era tan familiar que ni me molestaba lo más mínimo. Que asqueroso mundo humano que eso es lo mejor que se me ocurre hacer con mi vida. Cocaína pintada en mano…
Tiré la tarjeta de crédito. Ahora usaba la uña de mi dedo meñique. Una sucia uña que había dejado crecer para eso mismo.
Mataré y robaré la mercancía y de mi camello. Espero que eso acabe conmigo…

 

 

El declive del hombre dormido